Cuesta entender cuanta hambre se llegó a pasar durante la mayor parte de los años 40, para lo cual hay que realizar un breve análisis.
Fundamentalmente tres problemas muy graves se juntaron en España; por un lado las consecuencias de la guerra en nuestro país, por otro la guerra mundial y sus propias repercusiones y por último la crisis global que aun andaba patente como secuela del "gran crack del 29" en todo el mundo. Un coctel demasiado fuerte como para poder ser soportado por algunas personas de aquella época, muchas de las cuales perecieron como consecuencia de la precariedad de alimentos o por enfermedades relacionadas con ese estado de cosas (en el relato de un personaje común de aquel periodo contaba que 10 de sus 13 hijos no habían podido salir adelante por diferentes causas relacionadas con la miseria de entonces).
Como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, el final de las batallas de gran envergadura deja exhaustas a las personas que han sobrevivido, las cuales tardan mucho en recuperar su vigor debido a que sus heridas (psíquicas y físicas) se lo impiden y además los alimentos suelen escasear puesto que los mecanismos que los producen se hallan atascados. Durante los años 40 había tanta ausencia de nutrientes que hasta los ricos se veían afectados y es que, sencillamente, apenas existía la producción de alimentos y éstos habían de ser traídos de paises lejanos como por ejemplo Argentina (enorme productora de carne vacuna). Tuvieron que pasar años hasta que la agricultura se normalizó, el ganado fue aumentando en cantidad y la industria fue recobrándose del lapsus e impulsando la nueva economía hacia un futuro cargado de excelentes presagios.
En aquellos años fue muy importante poder disponer de un pequeño huerto donde plantar algunas hortalizas y vegetales, tener algún frutal, un corral donde criar pollos, gallinas y conejos y , si se podía, un pozo. No todo el mundo tuvo esa suerte u oportunidad, sobre todo en las grandes ciudades, y por ello se comprende que muchos críos de entonces crecieran con síntomas de raquitismo y se propagasen enfermedades víricas como la polio, la viruela o distintos tipos de meningitis que causaron estragos en la débil población infantil. Fueron muy comunes las vacunaciones en masa periódicas que se les efectuaba a todos los menores debido a su grado alto de vulnerabilidad.
Como apenas había carne la gente se alimentaba a base de patatas, huevos, legumbres, gazpachos (sopa de verano), pan negro, manteca, tocino y algo de pollo de vez en cuando (un manjar). Quien disponía de marranos se podía considerar afortunado en grado sumo ya que podía fabricar chorizos, tocinos, morcillas, longanizas, etc., y así alimentar a su entorno familiar. La generación de posguerra, vencedores y vencidos, padeció una cruenta hambruna y escasez aplicable a otras áreas relacionadas con productos de 1ª y 2ª necesidad; vestuario, higiene, mobiliario, sanidad, etc., y fue especialmente dolorosa en las zonas más áridas y pobres.
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Yo estuve en un colegio interno y recuerdo que pasaba más hambre que el perro de un hippy. Me acuerdo, con horror, de las sopas de maiz que solían venir con gusanos (igual que el arroz y la sémola); las "educadoras" nos las hacían comer a la fuerza y eso significaba castigos, ya que a mi eso no me entraba y me daba mucho asco. Otras comidas eran: leche en polvo para desayunar, arroz con leche como postre (muchas veces), ranchos, pistos...La única carne que recuerdo haber comido es (aparte de algún trozo de pollo los domingos) la carne de caballo, que estaba tan dura que nosotros le llamabamos carne de burra y a la cual la teníamos verdadero pánico porque parecía chiclé duro y amenazaba la seguridad de nuestros dientes. Era otra fuente de castigos por dejarse comida en el plato (había que dejarlo limpio como una patena).
ResponderSuprimirHola, me llamo Teresa y me encanta este blog. Yo por esa época también estuve en un colegio de monjas y recuerdo muy bien las sopas de maiz con gusanos (principios de los años 60), me ponía mala de ver tantos bichos flotando en la cazuela que nos dejaban en mitad de la mesa prácticamente todas las noches, me daban náuseas y hasta vómitos pero, a pesar de eso, las monjas me amenazaban con una regla de plástico si no me comía "aquello". Ni que decir que yo prefería llevar la cabeza llena de chichones que comerme ese potaje de gusanos. Sin embargo he de reconocer que aquella forma de obligarme a dejar el plato limpio me reportó beneficios en años posteriores ya que adquirí la sana costumbre de comerme todo lo que me ponían en mi plato y eso me trajo buenas consecuencias (al contrario de lo que pasa ahora con nuestros hijos que solo se comen lo que les apetece y lo demás lo tiran a la basura). Saludos para todos.
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